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¿Qué está pasando con la República Dominicana?

¿Qué está pasando con la República Dominicana?

Por la periodista y politóloga Biosiris Hernández Tejada

¿Qué está pasando con la República Dominicana? ¿Qué está pasando con nuestra sociedad? ¿En qué momento la delincuencia, la violencia, la corrupción y la pérdida de valores comenzaron a ocupar un espacio tan preocupante en nuestra vida cotidiana?

Son preguntas que, como periodista, me hago constantemente, pero también como ciudadana, como mujer, como hija, como amiga y como parte de una sociedad que observa con preocupación los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor.

Mi oficio me obliga a observar, escuchar, investigar y contar lo que sucede. Pero hay momentos en los que las noticias dejan de ser solamente informaciones y comienzan a convertirse en preguntas que nos interpelan como sociedad.

Cada día conocemos nuevos casos de violencia, delincuencia, conflictos, tragedias y denuncias de corrupción. Y, poco a poco, existe el riesgo de que terminemos acostumbrándonos a convivir con las malas noticias.

¿Nos estamos acostumbrando a vivir con miedo?

Salir a las calles ya no genera la misma sensación de tranquilidad para muchas personas. Existe preocupación cuando un hijo, un hermano, un amigo o un familiar sale de casa. Existe temor ante situaciones que antes podían parecer lejanas y que hoy sentimos mucho más cerca.

Soy de Santo Domingo Norte, específicamente del sector Sabana Perdida, y observar la realidad de nuestros barrios genera una profunda preocupación.

Cuando camino por mi comunidad y veo algunas de las situaciones que enfrentan muchas familias, no puedo evitar preguntarme: ¿qué pasará mañana? ¿Qué sociedad encontrarán nuestros hijos?

Esta preocupación me lleva también a mirar más allá de los hechos delictivos.

¿Qué está pasando con nuestros jóvenes?

Uno de los grandes desafíos que debemos analizar es la falta de oportunidades para una parte de nuestra juventud.

El desempleo y la falta de oportunidades laborales, combinados en algunos casos con deficiencias educativas, exclusión social y entornos vulnerables, pueden aumentar la exposición de determinados jóvenes a actividades ilícitas. Esto no significa que la pobreza o el desempleo conviertan automáticamente a una persona en delincuente, pero sí debemos preguntarnos qué estamos haciendo para ofrecer alternativas reales a quienes buscan construir un futuro.

Un joven que no encuentra oportunidades, que abandona sus estudios o que crece en un entorno donde la violencia y la ilegalidad parecen ser caminos posibles necesita más que un discurso: necesita educación, formación, empleo, orientación y oportunidades.

No podemos hablar de seguridad únicamente cuando ocurre un delito. También debemos hablar de prevención.

Y prevenir significa invertir en educación, en empleos dignos, en deporte, en cultura, en salud mental, en formación técnica y profesional y en espacios seguros para nuestros jóvenes.

La pérdida de valores también debe preocuparnos

Hay otro elemento que no podemos ignorar: la manera en que nos relacionamos como sociedad.

El respeto, la solidaridad, la honestidad, la empatía y el sentido de responsabilidad necesitan ser fortalecidos.

¿En qué momento dejamos de preocuparnos por el dolor del otro?

¿En qué momento comenzamos a considerar normal insultar, agredir, discriminar o resolver los conflictos mediante la violencia?

Una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre leyes y autoridades. Necesita ciudadanos que comprendan que los derechos vienen acompañados de responsabilidades.

La familia y la escuela tienen un papel fundamental, pero también las comunidades, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, las iglesias, las empresas y las instituciones públicas.

Todos formamos parte de esta sociedad.

La corrupción y la pérdida de confianza

La corrupción también constituye un problema que afecta la confianza de los ciudadanos en las instituciones.

Cuando existen denuncias de corrupción o falta de transparencia, corresponde a las autoridades competentes investigar y establecer responsabilidades conforme a la ley. Pero, más allá de cada caso particular, debemos reconocer que la percepción de impunidad puede generar frustración y desconfianza.

Por eso necesitamos instituciones transparentes, controles efectivos, rendición de cuentas y una ciudadanía que no permanezca indiferente.

Combatir la corrupción no es solamente responsabilidad de un gobierno o de una institución. También requiere una cultura de legalidad y responsabilidad ciudadana.

¿Estamos haciendo lo suficiente?

Esta es, quizás, una de las preguntas más difíciles.

Porque es sencillo señalar a las autoridades, a los políticos, a los jueces, a la Policía o a cualquier institución.

Pero también debemos mirarnos al espejo.

¿Qué estamos enseñando en nuestros hogares?

¿Qué valores estamos transmitiendo a nuestros hijos?

¿Qué estamos haciendo desde nuestras comunidades?

¿Estamos denunciando lo que está mal o preferimos guardar silencio?

¿Estamos educando para la convivencia o para la confrontación?

La transformación de una sociedad no ocurre únicamente desde el Estado. También comienza en la casa, en la escuela, en el barrio y en nuestras propias decisiones cotidianas.

No podemos acostumbrarnos a la indiferencia

Detrás de cada noticia hay seres humanos.

Detrás de cada hecho violento hay una familia que sufre.

Detrás de cada cifra existe una historia.

Y detrás de cada denuncia existe una sociedad que espera respuestas.

Como periodista y politóloga, considero que nuestra responsabilidad no debe limitarse a informar. También debemos contribuir al debate público, formular preguntas, visibilizar problemas y abrir espacios para que la ciudadanía pueda reflexionar.

No podemos resignarnos a vivir con miedo.

Tampoco debemos aceptar como normales la violencia, la corrupción, la intolerancia, la falta de oportunidades o la indiferencia frente al dolor ajeno.

Pero tampoco debemos caer en la desesperanza.

La República Dominicana también está formada por hombres y mujeres trabajadores, jóvenes que luchan por sus sueños, familias que educan con esfuerzo, profesionales honestos, comunidades solidarias y ciudadanos que todos los días hacen su parte para construir un mejor país.

No todo está perdido.

Pero tampoco podemos esperar que los problemas desaparezcan por sí solos.

Necesitamos recuperar la conversación sobre los valores. Necesitamos fortalecer la educación, crear más oportunidades para nuestra juventud, promover empleos dignos, apoyar a las familias y exigir instituciones transparentes y eficientes.

Necesitamos comprender que la seguridad no se construye solamente con policías y patrullas. También se construye con educación, prevención, oportunidades y comunidades organizadas.

Necesitamos una juventud que tenga razones para creer en su futuro.

Y necesitamos adultos dispuestos a escucharla.

La República Dominicana tiene enormes desafíos, pero también tiene enormes posibilidades.

No se trata de pintar un país perfecto ni de negar los problemas que enfrentamos. Se trata de tener el valor de mirarlos de frente, analizarlos con responsabilidad y preguntarnos qué podemos hacer para cambiarlos.

Porque, si queremos una sociedad diferente, también debemos estar dispuestos a construirla.

Como periodista, seguiré observando, preguntando y contando lo que ocurre.

Porque informar no es solamente transmitir noticias.

Informar también es generar conciencia, abrir el debate y contribuir a que una sociedad pueda mirarse a sí misma y preguntarse qué futuro quiere construir.

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